¿Por qué no se vende la fotografía?


 En primer lugar, no soy yo quien, para dar respuesta a esta pregunta, son los galeristas, los curadores, los marchands y representantes, como se dicen ellos, los responsables de dar curso a esta inquietud. No obstante, y ante el silencio casi sepulcral que nos rodea cuando se hacen estos cuestionamientos que parecen incomodar en lugar de motivar, y después de haber repetido la misma pregunta aquí y allá, ayer y antier, creo que me puedo permitir especular al respecto sin más finalidad que la de llevar a cabo un mero ejercicio intelectual.

 En segundo lugar, la pregunta, aunque pudiera extenderse a la obra gráfica y/o el dibujo, es inexacta para ambos medios porque poseen características exclusivas y una rica historia que las separa de la fotografía, teniendo únicamente en común el soporte al que recurren más usualmente, el papel, y que –sobre todo en el caso de la gráfica—las imágenes que aparecen sobre ese soporte se obtienen por contacto físico, son huellas de un hipotético original (hablamos por supuesto de la llamada fotografía química o analógica), fuera de ahí cualquier otra comparación o intento de identificación están condenados al fracaso.

 Decía que después de mucho preguntar, de ir de un lado para otro, para mí, el principal problema al que se enfrenta la fotografía en general y como consecuencia, su venta, son los muchos prejuicios que aún la acompañan y que como rémoras suicidas no la sueltan perpetuando las falsedades e ignorancia que les dio origen. Por ejemplo, y aunque parezca exageración, las ideas del soporte papel y, sobre todo, la de su reproductibilidad, son causa suficiente para que las personas no se acerquen siquiera a conocerla –a la fotografía—más de cerca. 

 Resultado de esta misma actitud es que no se acaba de entender qué es la fotografía. Muchos aún no superan la idea de que es el producto de una serie de intervenciones (mecánicas o digitales) llevadas a cabo por una herramienta, sin necesidad de la participación humana, por lo que es no solo innecesario, sino hasta absurdo considerarla un medio de expresión-comunicación. A fin de complicar más el panorama se suele decir que la fotografía se coló al arte allá por las décadas de los 50 o 60 del siglo pasado, enfatizando así su relación antinatural o incómoda, en el mejor de los casos, con el arte. Esta entrada al exclusivo mundo del arte se dio gracias a la documentación que logró ir acumulando sobre cada vez más actividades emprendidas por los productores (por ejemplo, ¿qué sería una Orlan, sin la fotografía? O ¿qué sabríamos de los famosos happenings de Allan Kaprow sin ella?) que vieron ella su pasaporte a la eternidad. Pero también hubo otro que se acercaron al medio, no para su exploración o registro, sino por su capacidad –diríamos innata—de producir o generar imágenes sin importar de qué tipo sean (desde las más abstractas hasta las más naturalistas) en un tiempo tan corto como en ningún otro medio. Así fue, efectivamente, como la fotografía se empezó a ganar un lugar entre las obras de arte contemporáneo, pero no como fotografía en sí, sino, como se ha dicho, documento o instrumento generador de imágenes, uno más, pero no exclusivo, en manos de los creadores. Así que cuando se llega a vender una fotografía se hace no como tal, sino, precisamente, como arte contemporáneo. (La convivencia con otras manifestaciones propias del arte de estos tiempos, ha hecho que la fotografía siga buscando su adecuación a ellas, ya que por lo general son los llamados productores multidisciplinarios los que la emplean; o son incorporadas, simplemente, por coincidencias en sus planteamientos y búsquedas –por ejemplo, la fotografía conceptual--). 

 A esta pérdida de identidad de la fotografía contemporánea contribuye, y no de poca manera, el que, por lo general, los grandes eventos mundiales de arte contemporáneo, Bienales, Ferias, Encuentros, y hasta exposiciones, suelen incluir libre y hasta alegremente a la fotografía, entrando a competir por el favor de compradores y coleccionistas ¿cómo es esto posible, si cada manifestación tiene su personalidad, física y moral? Muy fácil, la fotografía no entra a la lisa como fotografía, sino como imagen, así se enfrenta a pinturas, arte-objeto- vídeos, instalaciones, esculturas y objetos multimedia. Imaginemos entonces al aún indeciso comprador que tiene que optar entre una fotografía-fotografía y una cerámica soft porno de Jeff Koons y la Cicciolina; entre la sexualidad explicita de una fotografía de Helmut Newton (una superestrella en la fotografía-fotografía) y un tiburón de Damian Hirst, su calavera de diamantes o una de sus más recientes pinturas de mariposas, en tales circunstancias no es difícil imaginar por qué no se vende la fotografía.

Publicado en Milenio Diario
Imagen, ParisPhoto
Se puede leer también en www.artes2010.wordpress.com

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