Pareja ideal


 Gerda Taro y Robert Capa, ca. 1936

Una de las redes académicas no universitarias que sigo y me sigue, Academia, ha soltado, las últimas semanas, cualquier cantidad de tesis y ensayos sobre la relación fotografía- guerra civil española (1936-1939): el papel de la fotografía en la prensa nacional (de España) e internacional; la fotografía como medio de difusión y disuasión; fotografía e ideología; la fotografía en el campo de batalla; en la rendición de la República, etc. tanto visiones generales, como de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, del ejército, los milicianos, las brigadas internacionales, y un largo etcétera, tan largo e intricado como lo fue este enfrentamiento. 

 En la década de los treinta, estando en París, el joven húngaro Andrei Friedman (1913-1954), fotoperiodista de la agencia Regards, conoce a una chica de origen alemán Gerda Pohorylle (1910-1937) quien llega a la ciudad luz huyendo del Káiser por sus ideas liberales. Ahí, se interesará por la fotografía gracias a su amiga Eva Besanyo. Verse fue amarse, como dice el dicho, y muy pronto la pareja Friedman-Pohorylle será el centro de atención del ambiente intelectual, político y social de la capital Parisina. Poco antes de marchar a España para seguir las incidencias de la Guerra Civil que acaba de desatarse en el país vecino, deciden inventarse un alter-ego que les permita vender más fácil y caro sus fotografías, así nació no solo la pareja más famosa de fotoperiodistas, sino también el personaje Robert Capa, modelo mundial del nuevo periodista entregado y arrojado capaz de sacrificar todo, hasta la vida, por hacerse de imágenes exclusivas que mejor informen una noticia. 

El 16 de enero pasado, el británico John Kiszley subió a su cuenta de Twitter una fotografía en honor a su padre, médico militar que había actuado en las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española. En ella se ve al médico inclinado sobre el cuerpo de una mujer joven que yace en una camilla con la nariz y la boca ensangrentadas, lleva las manos cruzadas sobre el pecho y su atención debió haber sido después de recibirla en el hospital pues ya lleva puesta el pijama de paciente. Alguno de los seguidores de Kiszley se le ocurrió preguntar en donde había servido su padre y en qué fechas, Madrid, 1937. En seguida otro le pidió revisar el reverso de la fotografía: escrito a mano aparece 26 de julio Mrs. Robert Capra. Esto es, el documento que apareció por primera vez en enero de este año es la única fotografía conocida del cadáver de Taro; a su muerte no solo desaparecieron las fotografías que tomó a lo largo de esa jornada, sino que, aparentemente, tampoco se había registrado fotográficamente ni el accidente que le costó la vida, ni su muerte. En escasos 11 meses (el tiempo que infatigablemente fotografió distintos campos de batalla) Taro, The Little Red Fox como era mejor conocida, forjó su leyenda y se convirtió en la primera mujer reportera en perder la vida en el frente de batalla. Su cuerpo se encuentra hoy día en el panteón Père-Lachaise de París. 

La investigación emprendida sobre la Guerra en España confirma lo ya dicho sobre la fotografía e incluso sobre el propio Capa y Taro cuyas fotografías a no dudarlo calaron hondo en la sensibilidad internacional y la condena al régimen de Franco. Hoy en día sabemos, por ejemplo, que una de las fotografías de guerra más famosa de todos los tiempos, la muerte de un Miliciano (1936) precisamente de Capa, no es más que una exquisita y casi perfecta puesta en escena, que, sin embargo, fue vendida, comprada y exhibida como original durante muchos años. Sabemos, efectivamente, la verdad en sucesos de ese tipo, pero lo que no se ha podido esclarecer es ni quien era la cabeza intelectual que planeaba estas acciones, como tampoco de quien eran finalmente las fotografías, pues tanto Taro como Capa, mandaban a las agencias su material con el mismo nombre. 

 A fines del 2007, otra casualidad permitió dar con la llamada Maleta mexicana, que contenía más de 4500 negativos de Taro, Capa y Chim Seymour. Por su cuidadosa organización y disposición física dentro de tres cajas de cartón, se ha podido reconstruir secuencias de fotografías, las seleccionadas y los descartes, así fue como se logró llegara la verdad de La muerte de un miliciano. Pero además ha permitido empezar a identificar qué materiales fueron producto de Taro y cuáles de Capa. Todo hace creer que el cerebro de Robert Capa fue Taro y que ella se encargaría de hacer famoso el nombre del fotógrafo. Al parecer jamás le molestó que se identificara con su pareja, quizás en el fondo, sabía que sin ella las fotos del Andrei, no llegarían a ser la gran cosa.

Publicado en Milenio Diario
Se puede ver también en www.artes2010.wordpress.com
Imagen: eldiario.es

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