De las exposiciones (II)


La historia toma, durante la Revolución Francesa, la apertura del palacio de Louvre a la turba de la ciudad de París, como el inicio no solo de los museos modernos, sino de sus exhibiciones. Aunque es probable que esta costumbre de mostrar a otros lo adquirido, por raro, caro o exclusivo, se haya ido formando desde el siglo XVII con el establecimiento de las colecciones reales, así como con las llamadas Cámaras de las Maravillas (Wundekammenrn), formadas con el fin explícito de mostrar, a los demás, estos otros tesoros de príncipes, cardenales, duques y reyes. 

 Decidí regresar al tema de las exposiciones porque a pesar de ser el punto previo al intercambio final de la obra por el sustento material (generalmente) u otra clase de ganancia (puestos de trabajo, rentas, pago de deudas, etc.) de su productor y primer dueño, hoy día, con la creciente intervención de los medios electrónicos en todos los campos de nuestras vidas, da la impresión de que empiezan a perder importancia, o que se les ha relevado a favor de nuevas formas de promoción y venta de obras. 

 El proceso a seguir, incluido todo el siglo XX, de manera simple, consistía en la producción de la obra, su presentación ante un agente que se convertiría en el responsable de su promoción y venta. Este agente podía aceptar sin más la obra o bien tratar de influir en su creación, argumentando conocer el gusto de los compradores, o simplemente rechazarla. Este agente podía pagar por la obra para después revenderla o tomarla a encargo, esperando venderla más adelante. A partir de este momento o se organizaba una exposición (de uno o de muchos), o la obra pasaba a los anaqueles del negocio del agente en espera de ser promovida. A lo largo del siglo XIX (que es cuando aparece el mercado del arte capitalista) y hasta ya pasada la segunda mitad del siguiente, se enfocó en ir decantando este proceso y asumiendo distintas formas y soluciones, todo para hacer más explícito, racional, normativo y viable, desde un punto de vista financiero, el mercado destinado a la compra y venta de los objetos que denominamos arte. 

 No está por demás decir que el establecimiento de un mercado de este tipo requiere que todos los que en él participan sean disciplinados y sigan las reglas establecidas, ya que, de otra manera, al perderse el orden, se ponen en riesgo los principios fundamentales de este intercambio. Es por ello por lo que no en todos los sitios en que se lleva a cabo esta clase de intercambio de bienes materiales, funcionan igual o tienen el mismo grado de madurez, lo común es, por lo general, que se trabaje fuera o en total desconocimiento de las convenciones que suelen operar y que más que mercado, se viva y actúe dentro de en una suerte de selva en donde el más fuerte es el que domina el proceso. 

 Aunque hoy día los productores cuentan con más opciones para colocar su obra y vivir de ello (lo que, en la gran mayoría, no es más que una aspiración), las galerías (y aquí incluyo museos, centros culturales, ferias y otros foros, lo mismo que a la diversidad de agentes que existen hoy día) y las exposiciones públicas siguen siendo, si no la vía regia para los artistas, sí una a la que más se recurre para promocionarse y realizar el intercambio (aunque suceda una vez que haya concluido la exposición). Como en todo negocio hay riesgos y el de las exposiciones, tiene los suyos, aunque si nos fijamos bien, el mayor riesgo lo asume, a menos que sea otro el acuerdo, el productor, pues por lo general ninguna galería depende de las ventas de un único autor. 

 Dado lo anterior, lo ideal sería que cada que se ofrezca una exposición, incluso sí se piensa solamente en lo que se puede ganar, se hiciera extendiendo una serie de seguridades que le garantizaran al productor un mínimo de éxito. A menos que otros fueran los acuerdos y condiciones impuestas por el productor, se le debería apoyar, por ejemplo en el caso de la fotografía y siempre y cuando por ello optará el expositor, la impresión correcta y profesional de su material en los papeles o superficies indicados (se puede optar por lo que se llaman copias de galería o de exhibición que son temporales y de menor calidad; terminada la muestra deben destruir, además de advertir al público que lo que contempla es una de estas copias no la pieza original), el enmarcado con o sin cristales, iluminación constante y permanente, identificación correcta de cada pieza (cédulas), etc., etc. 

 ¿Qué se ganaría con esto? Por un lado, permitir que más productores, que no tienen todos los medios para hacerlo, puedan mostrarse dignamente al público, y que este, el público, tenga un panorama más amplio de qué es lo que se está haciendo en su ciudad o país, pero contemplando a todos en igualdad de circunstancias. Estoy seguro de que, si se ofrecieran condiciones como estas --obviamente se tendrían que reglamentar--, el estado de producción de las artes en nuestra ciudad mejoraría sustantivamente.

Publicado originalmente en Milenio Diario
Se puede ver también en artes2010.wordpress.com
Imagen: archdaily.co

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