Imagen impresa


 

Cómo bien se sabe el día de ayer se festejó el llamado día del amor y la amistad, dígase de San Valentín. El domingo, como también se sabe, se celebró el Súper Bowl número LVI. El número de consumos registrados en cada uno de estos eventos (tarjetas enviadas por diversos medios en el primero, ingesta de nachos en el estadio en el segundo), hacen palidecer cualquier otra fecha o espectáculo. Curioso que haya eventos que llaman al consumo sin límite y que nos entreguemos a ellos sin el menor pudor. 

 Al margen de lo anterior, me interesa hablar de las tarjetas de San Valentín en particular. No he dejado de señalar que nos hundimos en un irresistible, inevitable, imparable, alud de imágenes. Este fenómeno que nos ha convertido, como decía la semana pasada, en una civilización dependiente de las imágenes que genera, se debe a la incursión de los medios electrónicos en la producción de imágenes –desde las cámaras digitales y las extensiones inteligentes, hasta los programas de retoque, edición y difusión de imágenes—que en menos de un siglo elevó exponencialmente la producción tradicional de imágenes –que se llevaba a cabo por medios análogo-mecánicos--. 

 De entre estas, me interesa destacar al grupo de imágenes impresas, que no sólo se encuentran en el nacimiento mismo de la Modernidad, sino que fueron las que iniciaron con la explosión y exposición continua a imágenes más allá de las reservadas a las artes (pintura, escultura). En otras palabras, la imagen impresa jugó y juega un papel muy importante en la conformación de la hipertrofiada iconósfera en que nos hallamos. Un ejemplo claro de esta situación, lo tenemos precisamente en lo sucedido el día de ayer y los miles --¿millones? —de imágenes que circularon ya sea por medios tradicionales, correo, mensajería, entrega a mano, como a través de las redes sociales. Amén de la publicidad del momento lo mismo en periódicos y revistas, que, por medio de las pantallas, la de cine, la chica de la TV y la de ordenadores y teléfonos que no pararon de funcionar este 14 de febrero. 

 Sin duda, la invención de la imprenta por Gutenberg en 1440 (invención, como en todos los demás casos en que se aplica este adjetivo, es relativa y sujeta a precisiones) fue una de las primeras piedras, puesta con trescientos años de anticipación, en el camino de la Modernidad. Con ella, para lo que aquí nos importa, empieza la difusión masiva de imágenes destinadas a fines ajenos a los del arte (no olvidar que las diferentes técnicas del grabado, hasta llegar a la litografía en 1798, sirvieron para multiplicar y dar a conocer imágenes inicialmente únicas, pinturas o esculturas, y que gracias a estos medios alcanzaron públicos muy diversos geográficamente hablando, pero todos interesados en el campo del arte). Así pues, empiezan a producirse imágenes primero para ilustrar textos, religiosos principalmente, pero poco a poco empleadas como complemento de otros tipos de literatura, hasta que, después de un largo periplo, en 1880, aparecerá la primera imagen impresa en medios periodísticos gracias al desarrollo del ófset. De ahí en adelante, no hará más que seguir una línea de crecimiento continua, ganando espacios y sobretodo autoridad como medio de comunicación, no sólo periodística, sino de entretenimiento, educativa y de difusión. No es exagerado afirmar que la imagen impresa revolucionó, lo mismo al periodismo, que, a la publicidad, la educación y capacitación, al diseño gráfico, a la fotografía, e incluso a las artes. Este era el estatus en que la encontró la irrupción electrónica, que en cierto sentido se puede decir que lo único que hizo fue retomarla y potenciarla a través de los nuevos medios electrónicos, mismos que siguen alimentando, paradójicamente, a la imagen impresa. 

 Si nos fijamos bien en este recorrido encontramos un hecho fundante de nuestra cultura y momento. Quiero decir, en el origen del mundo Moderno, que a su vez es el preámbulo de nuestra contemporaneidad, se encuentra la generación de imágenes, pero no de la imagen como la concebimos desde la prehistoria, ni en la antigüedad, ni en la transición al mundo Moderno, sino la imagen obtenida por mecanismos especializados en su producción y, como hemos visto, en su difusión. Lo que hoy día tenemos es, pues, la continuación de lo que llevamos haciendo dese hace poco más de 500 años. 

 Una última observación a favor de la imagen impresa. Podrá haber miles, millones de imágenes digitales circulando por toda la internet, sus nubes y redes sociales, pero hay que recordar, como dicen los clásicos, si no se imprime, no existe.

Publicado en Milenio Diario
Se puede ver también en www.artes2010.wordpress.com
Imagen: depequesygrandes.com

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