Ni por dentro ni por fuera


Este viernes 22 se abrió al público en el MARCO la exposición Registro 05. Enfocar la mirada. La más reciente de las muestras que esta institución dedica a la presentación de la producción local, a lo que considera puede y debe mostrarse en sus instalaciones. En esta ocasión invitó a 15 productores, una parte de ellos son aún noveles en tanto que otros ya tienen una trayectoria bien establecida: Leo Marz, Raúl Quintanilla, Tahanny Lee Betancurt, María Fernanda Barrero, Alejandro Cartagena, Sofía Ayarzagoitia, Ernesto Walker, Daniel Pérez Ríos, Paula Cortázar y Mayra Silva.

            Al visitar exposiciones como esta surge un doble cuestionamiento, por un lado, respecto a la naturaleza misma del evento, y, por otro, sobre del papel o función de la institución que propicia o simplemente cobija esta clase de ejercicios. Empecemos por esto último. De las instituciones que nacen con la Modernidad, el Museo, comparte con otras tantas, una vida claramente marcada por dos momentos, el de su auge y gran
prestigio, y el de su crítica extrema. Habría que aclarar que en la actualidad vivimos una tercera etapa que es la búsqueda de su restauración o transformación en algo más.

            Luego de la fundación de los principales museos (públicos y privados) a lo largo de los siglos XIX y primera mitad del XX, estos espacios, recinto de las musas, sede de lo más prestigioso y representativo de las historias del arte y la cultura del hombre, se convirtieron en el blanco de críticas planteadas en diversos frentes, desde ser más bien mausoleos, carentes de vitalidad, hasta instituciones dedicadas a la celebración del falocentrismo. Dos fueron las respuestas principales que se dieron a estos planteamientos, por un lado, más o menos a partir de los ´70’s, se organizaron grandes exposiciones con las que se buscó atraer nuevos públicos lo mismo que acercar, una vez más, a los usuales. Los tesoros del Vaticano, Tutankamon, Pompeya, Picasso, son algunas de estas exhibiciones Blockbusters llamadas así por su intención de exhibir los más posible de cada tema. Aunque exitosas, su alto costo y dificultad para itinerar, hicieron que pronto se diluyera esta intención. El otro camino que se siguió fue el de abrir espacios dentro del mismo museo para la exhibición temporal de muestras de la producción más actual, dando paso, por un lado, a la ambigüedad de los museos de arte contemporáneo y por otro, a convertirse en sucursales de galerías, que, obviamente, responden a otros intereses que no son los originales del museo. La Modern Tate y el Met Breuer, son, a ambos lados del Atlántico, ejemplos de esta tendencia.

            Qué tanto es una contradicción o ambigüedad la existencia de un museo de arte contemporáneo, o el que un museo simplemente dedique tiempo, recursos y espacio, a exhibir obra contemporánea, es algo que aún se debate. Lo que parece cierto es que una vez que la obra y su autor pasan a ser expuestos en un museo pareciera que toman otro significado, pasan a formar parte de otro simbolismo. Diríamos que se petrifican, que se les roba la vida y se integran al mismo camposanto que tanto criticaban. En otras palabras, el museo fue creado para lo consagrado por el tiempo, la galería para exponer, promocionar, difundir, vender, lo del día, lo actual.

            El concurso, las muestras, los salones, las bienales, etc., fueron estrategias que la modernidad llevó a cabo a fin cribar a los productores que tenían más opciones de triunfar en el mercado y el mundo de la cultura. Mientras se fueron estableciendo, definiendo y consolidando los diferentes elementos que participan en el fenómeno artístico, estas estrategias funcionaron y muy bien. Pero en este momento ¿siguen siendo sostenibles? Para ser breve diría que no, ya que hoy día irrumpen nuevos elementos dentro del sistema que no sólo perturban las viejas estrategias, sino que las hacen ver tal cual, anquilosadas. Por otra parte, cada vez más es insostenible pretender cualquier tipo de representatividad en estos eventos. ¿No sería más honesto decir, estos 10, 20 o 50 productores son los que el MOMA, el MACO, el MARCO o quien fuera, ha decidido seleccionar, destacar sobre cualquier otro, son los mejores para mí y punto? Cualquier otra explicación suena, ahora, hueca y poco convincente.


            Cómo bien insinúa la cédula de pared con que inicia la exhibición, no hay nada que ponga en relación a estos 15 productores, ni entre ellos, ni con los que han participado en otras ediciones similares. Decir que ello se debe a la riqueza poética que hay entre nuestros productores y la amplia variedad de sus recursos, me parece simplista e ingenuo, lo mismo que, entonces, vincularlos por sus intereses extra-artísticos. Si fuera necesario yo destacaría únicamente dos niveles, los de trayectoria probada como Mayra Silva y Alejandro Cartagena, y los que sin duda acabarán de sobresalir, Paula Cortázar, Tahanny Lee Bentancurt (aunque su pieza es innecesariamente sentimentaloide). Lo demás es prescindible. En conjunto no pasan de ser material de la galería que se la quiera jugar con ellos.

Publicación original en Milenio Diario
Se puede ver también en www.artes2010.wordpress.com

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